EL CULTO AL CACAO

 

Sorber un poco de chocolate es volver a las raíces, es trasladarse al lugar donde la mente, el espíritu y el cuerpo conviven en armonía con el entorno. Cuando se comparte la vida con el cacao, se puede sobrellevar el estado más desafiante de la vida con tranquilidad.

Para poder entrar a esta vida hay que encontrar un momento de silencio, sumergirse en el ruido de nuestros propios latidos y escuchar con atención a nuestro cuerpo. Él nos sabrá decir qué necesita.

 Una ceremonia de cacao comienza al entrar en contacto con la planta que da origen a este viaje, sentir su textura y su aroma mientras se desgrana una mazorca de cacao. El cultivo es la esencia del aprendizaje. Poner agua a hervir y escoger las hierbas que formarán parte de esta ceremonia es conectar con la naturaleza.

 Al servir un poco de la bebida se agradece a la tierra, a los orígenes. Pronto podrás viajar a un estado de meditación donde las propiedades del chocolate abren tus sentidos y te permiten comunicarte contigo mismo. Un ritual de cacao nos invita a sentir, a entregarnos, a confiar y a escuchar lo que sucede en ese instante para renacer como una persona diferente.

 Se dice que en tiempos antiguos se compartía una taza de esta bebida a cada persona querida que visitaba una comunidad, se tomaba en conjunto para hablar desde el corazón y crear conexiones y vínculos más profundos que fortalecían a los pueblos originarios. Cuando uno habla desde el corazón, uno habla desde su verdad y desde ahí es posible crear una nueva realidad.

 Como seres humanos tenemos una idea fija y limitada de lo que somos, de lo que sentimos y de nuestras posibilidades, pero al tomar cacao se abre un espacio de mayor visión hacia nuestro interior. Agradezcamos que tenemos esta planta, alimento de nuestros dioses y nuestra tierra.